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    domingo, julio 17, 2016

    Christina Rosenvinge - 43 Live the Roof. Valencia, 16/7/16

    Segundo concierto de 43 Live the Roof 2016 en Valencia, con Christina Rosenvinge acompañada por el guitarrista Emilio Saiz en un recorrido por la última parte de su carrera.
     
    El contexto hace, y mucho. Puede que la gran mayoría disfrute igual de un concierto en una sala oscura o a plena luz del sol, pero los condicionantes externos ayudan a la hora de crear las atmósferas implícitas en determinadas canciones. La oscura electrónica de, sobre todo, “Lo Nuestro”, el último trabajo de Christina Rosenvinge, no parecía tener a priori cabida sobre una terraza deslumbrada por el sol postrero del sábado. Quizás por ello lo más lógico sería esperar una sesión puramente acústica ques entresaque el lado más aterciopelado de unos temas que están llenos de aristas desde cualquier enfoque. 

    Sin embargo, nada más lejos de la realidad; la guitarra de Emilio Saiz, que acompañaba a Rosenvinge en un experimento a dos bandas, se encargó de oscurecer como corresponde un concierto que prometía una resolución previsible.

    Y ojo, lo previsible aquí no es menos que una enésima demostración del talento compositivo de alguien que ya es un icono de la música de este país, pero sin sorpresas, en un guion preestablecido de antemano. 

    Christina Rosenvinge ofreció para Live the Roof un concierto basado en sus últimos tres trabajos, los que le han hecho dar un salto cualitativo a nivel de crítica y, como es habitual, esto no deja demasiado espacio para la nostalgia, por mucho que en cada ocasión un sector del público pida temas de anteriores etapas de su discografía. Sí hubo una concesión en la parte final con “1000 pedazos”, en una delicada versión que no puede menos que provocar accidentados viajes en el tiempo. 

    Por el iluminado escenario desfilaron temas como “Las Horas”, “La Tejedora”, “La Absoluta Nada” o la fraternal “Jorge y Yo”, sorprendiendo en versiones más desnudas como la de “Anoche-El Puñal y la Memoria”, despojada de esa dulzura aparente que fraguan voz e instrumentación. Aquí la guitarra de Saiz se encargó de asestar los golpes eléctricos exactos para convertir en frenetismo las líneas engañosas del pop, así como en “Romeo y los Demás” o en la deliciosa “Canción del Eco” lograba encajar la línea melódica como un guante en la voz de Rosenvinge. 

    Una voz, por cierto, que no pierde forma con el paso de los años, que juega entre el susurro, el recitado y la rima insospechada, añadiendo esos sobresaltados agudos que dieron tanto juego como para que subiera al escenario, con invitación inesperada, un miembro del público que homenajeó los altos tonos de voz a los coros de “Lo que te Falta”. Resuelto el misterio de la canción que Rosenvinge habría querido escribir (y que de hecho, era suya), el concierto acabó con menor sensación de solemnidad de la que había comenzado. El bis supuestamente inesperado acabó de asentar que la cantante de origen danés ofrece una imagen mucho más cercana de lo que puede transmitir en distancias más largas. 


    FOTOGRAFÍAS DE CHRISTINA ROSENVINGE

     
























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