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    miércoles, noviembre 01, 2017

    Guadalupe Plata - Córdoba. Sala Hangar, 27.10.17

    Imposible resistirse a la tentación de ver otra vez a los jiennenses después de la intensa gira que los ha llevado a recorrer varios puntos de Europa, amén de festivales incluso en Norteamérica, para confirmar que su propuesta no solo sigue vigente sino que se perfecciona con cada concierto. Unos músicos apasionados de su trabajo y una banda imprescindible en cualquier circunstancia. Esta vez nos visitaron en la Sala Hangar de Córdoba y fue, como viene siendo habitual, un viaje pantanoso y lleno de peligros que estuvimos encantados de disfrutar.

    No sabemos cuántas veces hemos visto en directo a Guadalupe Plata. Esta podría ser la quinta o sexta desde que los descubrimos a través de un mini vinilo (su música y su concepto, por definición, merecen ser apreciados en el formato más genuino) en el que tres músicos aparentemente sencillos, uno de ellos además armado con un barreño, un palo y una cuerda a modo de bajo con su caja de resonancia correspondiente, armaban canciones esqueléticas sin apenas letra y con unos presupuestos tan mínimos como el de los maestros del blues añejo en los que se inspiraban. Poco sabíamos de ellos, salvo que Pedro de Dios, el gran maestro de ceremonias y guitarrista de altísimos vuelos, tenía varias bandas paralelas en la onda surf y rockabilly a la que pocas veces se escoraba con sus nuevos cómplices en ese nuevo proyecto. De ahí, de esas apenas seis canciones, surgió un hechizo, una atracción irrefrenable que nos hizo seguirlos allá donde fueran y atesorar todas sus entregas discográficas con la pasión de alguien que ha descubierto una nueva adicción y se ilusiona como un chiquillo con cada noticia sobre su banda favorita. Sin llegar a extremos de originalidad, lo que hacían (y hacen) se aparta sustancialmente de los márgenes estrechos de una industria entregada al dios materialista y sin embargo se adscriben a ella para grabar, distribuir y maquinar sus canciones y todo lo que ellas llevan consigo. A los adjetivos más obvios (pantanosos, densos, anacrónicos…) se suman con cada nuevo ataque escénico otros menos frecuentados en las reseñas (esquizoides, concéntricos, apabullantes…) Son ya una marca en sí mismos, y empiezan a ser conscientes de ello.

    Tocan en directo sin set list ni chuletas verbales, comunicándose entre ellos con guiños y gestos de sabiduría apuntalada por la amistad y la experiencia. Carlos Jimena, con su armazón percutor, es un metrónomo entrenado por años de goce entre los surcos de discos de jazz antiguos y proverbiales, por eso su batería suena diferente a las de muchos compañeros de generación e influencias. Paco Luis Martos, un bajista sin bajo (utiliza una caja de puros diseñada por él mismo y una guitarra ecualizada en las notas más graves para acolchar las divagaciones de su compañero central), da la impresión de que el sonido del grupo lo necesita imperiosamente para ser lo que es, y cuando se enchufan y suena el “gong” inicial la ceremonia de luces rojas y trayecto interior comienza y se intensifica casi sin solución de continuidad hasta que un “buenas noches” tímido y sentencioso culmina otra noche de entrega a divinidades aún adoradas en templos ocultos como el suyo. Perico no necesita comunicarse más que con sus pedales y acordes, y deja que seamos los demás quienes juzguemos, si se nos permite, si se precisa algo más que eso para entender las pasiones desatadas en los ramalazos swamp rock de ‘Hoy como perro’, ‘Serpientes negras’ o ‘Demasiado’, cabalgando a lomos de una ‘Milana’ hecha himno o cantándole al enloquecido deseo por ‘Lorena’ en una carrera instrumental sin ‘Miedo’ alguno a hacerlo peor que la noche anterior. Se oía mucho de bocas vecinas la sentencia de “estos nunca fallan”, ni aunque le canten a una desagradable ‘Rata’ malnacida o afirmen con rotundidad que aquí, como en cualquier sitio que pisan, ‘Huele a rata’. No son monotemáticos, sino profundos. No nos confundamos.

    El paseo, tan árido como es habitual, desde los muros del ‘Cementerio’ a la ‘Calle 24’ donde ha habido un asesinato pasa por detenerse de nuevo en el momento pasional de ‘Baby me vuelves loco’ o el arrebato de fiebre de ‘Tengo el diablo en el cuerpo’ (¿No es eso lo que tiene dentro el bueno de Robert Johnson desde que murió abandonado a su enfermedad?), pero no podían retirarse sin advertirnos por enésima vez de que ‘Jesús está llorando’, en concreto por los pecados de una mala mujer –el secreto mejor guardado del blues, las cuitas del desamor y el despecho-, ni pasar cerca del ‘Nido de avispas’ del que vuelan himenópteros en ondas circulares de guitarra, o reverenciar con respeto y descaro a la grandísima Violeta Parra en ‘Qué he sacado con quererte’, la inesperada versión con la que presentaron su disco del presente año, al que tampoco han bautizado más que con la pintura, bosquejada con la imaginación de siempre, que luce en la portada de fondo negro. Cuantas menos palabras mejor.

    Cuando asistes a un concierto en el que te sabes la lección de pe a pa y no esperas, ni quieres esperar, ninguna sorpresa es extraordinario saber incluso antes de empezar que tus instintos más primarios (estrictamente musicales, no seamos mal pensados) siguen ahí, latentes e indomables, dispuestos a saltarse la barrera de los convencionalismos y listos para desatarse en cuanto intuyen que tres músicos ubetenses vuelven a acompañarte en las buenas intenciones. Ayuda mucho, y consigue hacerte sentir a salvo, saber que aún existen bandas como Guadalupe Plata. Y están aquí, entre nosotros, reviviendo a unos muertos que nunca han dejado de velar por los que aún existimos.









    Texto: JJ Stone
    Fotografías: Raisa McCartney

    Más info:
    http://salahangar.es/
    http://guadalupeplata.com/
    https://es-es.facebook.com/gpblues/

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