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    jueves, diciembre 28, 2017

    El oscuro túnel del amor

    Con "Tunnel of love" Bruce Springsteen dio carpetazo definitivo a su era como mito americano. Tocaba ser persona de nuevo. Y esa persona estaba hecha pedazos. Es lo que intenta explicar esta obra que cumple ahora treinta años y a la que el paso del tiempo ha mostrado en todo su esplendor, pues se trata sin duda de uno de mejores discos de su autor y también de los años ochenta. 



    A finales de 1985, con el tour de "Born in the U.S.A" finiquitado, quince millones de copias del susodicho despachadas sólo en Estados Unidos y el estatus de semi-dios y referente cultural de masas, Bruce Springsteen parecía haber alcanzado el sueño. Pero, ay, a veces sentarse en la cima del mundo no es tan bonito como uno piensa cuando está abajo. La soledad de la fama, la responsabilidad de saberse analizado a cada paso que daba y el mar de dudas que había fragmentado su personalidad desde crío, producto de un hogar difícil a expensas de un padre alcohólico e iracundo que le culpaba de ser el reflejo de todo lo que odiaba de sí mismo, tenían al héroe de la clase obrera americana totalmente deshecho. 

    Cualquiera lo hubiera dicho al ver vídeos como el de "Born to run", que acompañó a la caja de cinco lp's "Live U.S.A. 1975-1985", en que se mostraban imágenes de sus últimos conciertos con la E Street Band. Un Bruce pletórico, lleno de vida, sentimiento y rock and roll. El hombre que todo bicho viviente querría llegar a ser se nos mostraba en esa monumental recopilación de directos aparecida en 1986 como un animal de escenario capaz de todo, que llevaba a su público al éxtasis a través de la liturgia de las guitarras y las canciones. Un icono al que muy pocos, por no decir nadie, al menos vivo en ese momento, podían compararse.


    Sentimentalmente, además, Bruce había conocido en 1984 a una bella actriz llamada Julianne Phillips, con la que contrajo matrimonio un año después. Tocaba sentar la cabeza y los tórtolos compraron una mansión bien grande en New Jersey para vivir su amor. No obstante, las constantes idas y venidas de su esposa para grabar los capítulos de la serie "Sisters", de la cual era una de las protagonistas, así como la afición del cantante a salir por la noche sin rumbo fijo hacían mal cóctel con una personalidad ya de por sí quebradiza. Si bien cualquier recién casado se encuentra durante los primeros meses de matrimonio en una nube de felicidad, el caso de Springsteen era justo el contrario: la ansiedad le corroía. No lograba ser feliz.

    Musicalmente, su aspiración en ese momento era dar un giro bien grande de timón a una carrera, que sabía perfectamente que si continuaba en la misma dirección acabaría convirtiéndose en una parodia de sí misma. Estaba convencido de que otro "Born in the U.S.A." le hundiría en el fango de la autocomplacencia, en el inframundo de la credibilidad artística, de modo que se puso manos a la obra, puesto que en el sótano de la casita de invitados de su flamante mansión, se había construido un rudimentario pero apañado estudio de grabación, al que incluso puso nombre: Thrill Hill.

    La historia había funcionado de forma muy parecida seis años antes: tras el tour que acompañó a "The River", Bruce facturó una rotunda serie de "historias negras americanas" al más puro estilo de John Steinbeck, que grabó en plan lo-fi en una rudimentaria grabadora de cuatro pistas y que derivaron en "Nebraska", una obra maestra del folk descarnado que ahondaba en la vena más oscura de su autor. De la misma manera, pero con medios más avanzados, el de Asbury Park comenzó a grabar las nuevas canciones que iban aflorando, con las que pretendía olvidar la temática "coches y chicas" que antaño le había caracterizado por una visión nada optimista de las relaciones humanas.Llegaba el bajón tras el paseo en Cadillac...

    Como en aquella ocasión, Bruce intentó asumir él solo toda la grabación, pero tras una serie de sesiones en que se hizo cargo de voces, guitarras, bajo, teclados (bastante omnipresentes), así como
    programación de baterías, el artista requirió la colaboración de Max Weinberg, su fiel batería de la E Street Band, así como de su teclista, Roy "the professor" Bittan y algunos otros de los muchachos, aunque su presencia sería en la mayoría de casos simbólica (Clarence Clemons únicamente aparece a los coros de una canción). Contó también con la colaboración de algunos reputados músicos procedentes de Nashville, en un intento de conferir al tono general del disco un aire country, pero al final desechó la idea y sólo la incandescente armónica de James Woods en "Spare parts", permanece.

    En suma, la duración de la grabación fue realmente breve. Tres semanas, seguidas de un período de mezcla con Bob Clearmountain a los mandos dieron como resultado "Tunnel of love", el disco "de amor" de Springsteen, que salía al mercado el 9 de octubre de 1987 precedido por un single titulado "Brillant disguise", un medio tiempo con aire latino, cercano al Dion Dimucci de principios de los 60, que pese a no hacer gala del rock and roll musculado que todo el mundo esperaba de él alcanzó el primer puesto de las listas americanas, como también lo hizo el álbum, quizá el lanzamiento más esperado de aquél año.

    No obstante, el entusiasmo inicial del público por el tan anhelado nuevo ofrecimiento del boss se congelaría pronto al quedar patente la nueva cara que mostraba con este conjunto más o menos temático de canciones, lo cual ya se presagiaba a la vista de la portada, con aquella borrosa fotografía (obra de la gran Annie Leibovitz) en que nuestro protagonista aparecía con semblante circunspecto y elegantemente vestido apoyado en un descapotable aparcado frente a la soledad del océano. El dinero y la fama no dan la felicidad amigos, parecía decir.


    Los días de gloria, los paseos en coche por autopistas, los sueños de juventud, el vitalismo rocanrolero, todo quedaba disipado en un disco desde el que su autor trataba las relaciones de pareja como lo haría un forense que estuviera practicando una autopsia: con la mayor crudeza y ausencia de ternura posibles. La plasmación de una serie de dudas y carencias en una pieza de arte mostrada al público (en este caso a las masas) en muy pocos casos ha sido objeto de éxito. A la gente por lo general no le agrada que nadie les muestre sus miserias y ni siquiera Bruce fue una excepción a la regla. No obstante esto el disco vendería la nada desdeñable cifra de 3 millones de ejemplares, pero claro de ahí a los 15 de "Born in the USA", había un gran trecho.

    La crítica, aunque no toda, sin embargo arropó al disco como la gran obra personal que es y aplaudió el giro de timón, llegando incluso a culminar alguna de las tan veneradas listas del año, entre ellas la de la prestigiosa Rolling Stone Magazine. No obstante, el rastro del disco ha quedado muchos años difuminado por la sombra alargada de otros de su autor, que quizá tengan entre ellos un perfil más parecido. "Tunnel of love" constituye esa rara avis que toda discografía de gran músico debe contener. Esa pieza maestra descarnada y personal que confiere carisma al conjunto de su obra y completa el circulo, acotando los límites más lejanos a los que se puede llegar. Nadie pareció entenderlo entonces, pero Springsteen aquí se mostraba tocando fondo, se desnudaba  mocionalmente ante millones de espectadores. Hace falta muchos redaños para algo así. Y sobre todo para hacerlo tan bien.

    Con un ritmo a lo Bo Diddley arranca "I ain't got you", la canción inicial del disco, parca en su instrumentación acústica y de lo más acentuado en cuanto a tempo que encontraremos en el trabajo, que sirve para preludiar, en tono enérgico, el bajón que está por llegar. Le sigue la perla del disco, la
    extremadamente romántica "Tougher than the rest", pieza actualmente reivindicada por gente como Angel Olsen, que la ha versioneado con gran éxito. Todo un clásico de su repertorio.

    El disco comienza el descenso sentimental, que no cualitativo, con "All that heaven will allow", una pieza mid-tempo similar al single "Brilliant disguise", que aún glosa las lindezas del romance, pero con ciertos cielos oscuros que se empiezan a vislumbrar. Y esos nubarrones rompen en tormenta de repente con la pieza más rockera del cojunto, un "Spare parts" desgarrado que habla de separaciones y corazones rotos a voz en grito. A partir de ahí ya todo cae en la desesperación: "Cautious man" es una balada que entronca con el estilo de "Nebraska" y que habla de dos sentimientos que viajan juntos, el amor y el miedo, a través de uno de esos personajes desesperados tan del de New Jersey, tras la cual pasa a lo autobiográfico con un "Walk like a man" que habla de él y de ciertos recuerdos de su relación con su padre en un tono similar a la anterior, aunque más producido en lo musical.

    La cara B del vinilo se abría con la canción titular, pieza melódica dominada por los omnipresentes teclados y que serviría también de inspiración temática para la gira mundial que estaba por venir en la que cada uno de los músicos tomaban un tiquet para el tunel del amor conforme subían al escenario. Le sigue la brillante "Two faces", pieza en progresión que comienza desnuda y acústica, con cierto aire country y finaliza de forma épica, aludiendo temáticamente a esas "dos caras" que todos tenemos, de las que siempre ocultamos una, lo cual es un poco también el objeto de la siguiente, el ya mencionado single "Brilliant disguise", las inseguridades, los celos, la ansiedad de una relación que hace aguas.

    La ruptura es patente en la magnífica "One step up", quizá la canción más escalofriante del disco. La crónica de un hogar roto va completando el círculo de la historia que Bruce nos pretende contar, cuya culminación llegará con la agridulce soledad de "When you're alone" y la amargura desplegada obsesivamente a través de la larga "Valentine's day", en la que se da carpetazo definitivo a todo el sentimiento axfisiante que se ha ido gestando a través del disco. "Esta noche hecho de menos a mi chica, señor, hecho de menos mi hogar", nos dice. Y es precisamente eso: el sentirse ajeno a todo lo que se supone que un hombre debe sentir al formar una familia o al unirse a otra persona, lo que constituye el eje de este complejo trabajo.

    Un trabajo que podemos entroncar perfectamente junto a otras grandes obras "de divorcio" como puedan ser "Blood on the tracks" de Dylan, "Over" de Peter Hamill o "Shoot out the lights" de Richard y Linda Thompson. Todos ellos muestran sin censura la escandalosa desnudez de la ruptura de pareja. Bruce en aquél momento ni siquiera lo sabía. Cuando grabó estás canciones se suponía que estaba felizmente casado con una bella y joven mujer, pero con el comienzo del tour de presentación del disco, se hizo más que patente que el jefe y la pelirroja que salía al escenario a cantar con él eran algo más que amigos. Unas fotos en un balcón de hotel de Roma que mostraban a Bruce y Patti Scialfa ligeros de ropa y cariñosos fueron más que suficientes para desatar el escándalo y la posterior petición de divorcio de la por entonces señora Springsteen.

    Esta historia, no teman, tiene final feliz: Bruce y Patti se casarían, tendrían varios hijos y aún hoy, momento en el cual se hayan precisamente presentando juntos en Broadway un espectáculo en el que desgranan en versión desnuda lo mejor del cancionero del boss (con especial hincapié en "Tunnel of
    love", según cuentan), siguen siendo la pareja perfecta. Pero eso no es óbice para que podamos decir,
    sin temor a equivocarnos, que este que tratamos aquí es el último gran, gran disco de un autor que en los años que siguieron a su publicación mantuvo su carrera con altibajos, que incluyeron aciertos, sí
    ("The Ghost of Tom Joad", "The Rising") pero cuyo tamaño ya no fue gigante, como en el caso que nos ocupa.

    Un disco que se muestra todavía imperecedero, pese a que su sonido deba quizá demasiado a su tiempo, pero su influencia es más que patente en la música actual. Ese Heartland rock de War on drugs, o ese mencionado homenaje de Angel Olsen así lo confirman. Es un disco impresionante, una película en blanco y negro con imágenes sobrecogedoras que para mi siempre ha sido un disco absolutamente capital. Un disco al que tardé en llegar, pues como a muchos también me pasó factura para apreciarlo el pasado más rockero de su autor, pero que con el paso del tiempo ha terminado siendo quizá el disco de él por el que siento más cariño. Y como a todo buen vino, los treinta años que ya cuenta a sus espaldas no han hecho más que mejorarlo. No dejen de sumergirse en él, de descubrirlo en todo su esplendor.


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