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    lunes, julio 20, 2015

    Franz Ferdinand, y que viva la fiesta. Cruïlla 2015: Crónica

    Una mezcla de estilos, un cruce de calles en el que tiene cabida de todo un poco. Ese es el espíritu del Cruïlla o eso dicen sus propios responsables, y por eso el brutal eclecticismo de su cartel, aún más desconcertante, si cabe, del de una pasada edición que lo mismo juntaba a Macklemore con Vetusta Morla, que a Jack Johnson con Violadores del verso. Un Fòrum aún resacoso del Primavera Sound se vestía de nuevo de largo para acoger un puñado de dispares nombres de primer nivel, viejas glorias algo pasadas de rosca y algún que otro artista emergente de por aquí, en un combinado aparentemente resultón pero más bien renqueante en la práctica. Agridulces sensaciones que quedaron patentes muy especialmente en el decepcionante primer día del certamen.

    FFS, Cruïlla 2015
    Foto: Meritxell Rosell

    Día 1: Kendrick Lamar… y poco más


    Mientras los voluntariosos mexicanos de Troker, y el algo más previsible equipo de africanos y caribeños que conforma Osibisa se encargaban de dar el pistoletazo de salida en los escenarios de Radio 3 y Time Out respectivamente, varios espectadores ya iban tomando posiciones en un emplazamiento nuevo con respecto al año pasado: a escasos metros del tablado principal, el stage de Paypal se disponía a convertirse en el punto de referencia absoluto, siendo inaugurado por las desubicadísimas hermanas Cocorosie que, pese a su discutible estado de forma actual (carreras en solitario al margen) y ataviadas con unos atuendos salidos de la pesadilla más colorista de Tim Burton, llevaron a cabo un notable espectáculo fiel al estilo onírico que las caracteriza. Un concierto que tuvo dos protagonistas principales: un micrófono que se desconectó en el peor momento para Sierra Casady, y el espectacular beatbox Tez. El éxito del show se debió a él en gran parte, las hermanas fueron conscientes y prueba de ello la ingente cantidad de minutos que le dejaron solo en las tablas para que pudiera dar rienda suelta a su arte. De lo mejor de la tarde.

    A partir de ahí, poco pudieron hacer Els Catarres, Mi Capitán, o las demás alternativas que ofrecía el festival: el grueso de la atención iba a limitarse a una alternancia entre el escenario Estrella y el Paypal. Concluido el concierto de franco-estadounidenses, primer plato fuerte de la noche: Jamie Cullum. El neojazz (o así) del inglés más díscolo acaparó el interés de propios y extraños, e incluso sirvió para acabar ganándose a alguno de sus detractores. Cierto es que sus histrionismos siguen estando a la orden del día, y que sigue antojándose algo desequilibrada la balanza con la que juega el artista, clasicismo por un lado, ruptura de esquemas por el otro. Y el resultado fueron diversos pasajes irregulares a lo largo del concierto, bien por una personalidad con tendencia a la irritabilidad, como por un ritmo desigual y una fusión de estilos en ocasiones desconcertante (el generoso solo de piano que se enlazó con un innecesario aporreamiento de la estructura del mismo). Altibajos que empañaron un conjunto poco espectacular pero por lo demás sólido, gracias una atinada selección de temas que quemaba a las primeras de cambio Get Your Way, pero luego iba destilando de manera ordenada hits como la versión de Don’t Stop the Music de Rihanna con la personalísima Twentysomething, o Mixtape. Pero no fue hasta los bises, que llegó la coronación. Primero medio-improvisando una canción a solas con su piano, luego mezclando Singing in the Rain con Umbrella, haciendo volver a su sensacional equipo de músicos, para acabar con un tema (I Feel Fine) cañero pero de corte clásico. Es lo que tiene Cullum: cuando vuelve a su esencia inicial tiene poco rival; cuando le da por mezclar churros con merinas, la cosa cambia.

    Quienes esperaban que el inglés hubiese sido un fogonazo inicial para coger carrerilla, recibieron a las primeras de cambio un frustrante traspié. ¿La culpa? De Of Monsters and Men, un grupo de algún que otro tema pegadizo (Crystals, Little Talks), pero con un directo muy mejorable: épica de quita y pon, nula presencia escénica, pésimo sonido (y no por las instalaciones del Fòrum precisamente) y, para mayor desespero, concierto brevísimo achacado a la falta a última hora de su bajista, que se desmayó poco antes de empezar el espectáculo y fue llevado de urgencia al hospital; casi que mejor. Para olvidar.

    La nota positiva de semejante desaguisado fue la posibilidad de tomar aire antes de darlo todo, hasta la última gota, con El Protagonista de la presente edición: Kendrick Lamar. A sus 28 años, el rapero californiano se ganaba el cielo trayendo a la Ciudad Condal su exitoso álbum To Pimp a Butterfly, del que sonaron algunos de los temas más cacareados (I, King Kunta) a un ritmo frenético. El atronador espectáculo apenas dio tregua a un público, plagado de extranjeros, entregado de principio a fin. Money Trees, m.A.A.d City o A.D.H.D fueron los highlights de un espectáculo audiovisual de aúpa por parte del MC, los dos músicos que lo acompañaron, y una inmensa pantalla que iba proyectando vídeos. Un espectáculo impecable y agotador, que quizá fuese un poco menos divertido que el que nos brindara Macklemore el año pasado. Pero es que para fiestas proclives al petardo, había que esperar a FFS la noche siguiente...

    Kendrick Lamar, Cruïlla 2015
    Fot0: Meritxell Rosell

    Día 2: La decepción por bandera, gentileza de Mrs. Hill


    La tarde empezó titubeante. Eran varios fans los que se interesaban por el jovencísimo grupo Milky Chance, pero para el resto de asistentes, tras dos o tres temas todo sonaba igual en un show que iba de más a menos por la cadencia adormilada de sus integrantes, aún con mucho camino por recorrer. Lógicamente, reservaron para el final su mayor hit, Stolen Dance, que significó el delirio bajo el abrasador sol que no daba tregua al escenario Paypal; vuelo de sostenes (luego supimos que se trataba de una campaña promocional para combatir el cáncer de mama) incluido.

    Después era Emily Sandé quien empezaba a teñir de negro la velada (musicalmente hablando, se entiende) con su vozarrón infinitamente por encima de sus canciones. El suyo fue un espectáculo contundente, impecable y divertido... pero su estilo absolutamente desfasado, un mix de soul y R&B deudor en exceso de décadas anteriores, en directo acabó por resultar algo agotador. Sandé es una cantante joven, con temas especialmente atinados (Next to Me), y aún debe desmarcarse para pasar del mero calentamiento.

    Es para lo que sirvió, pues inmediatamente después tocaba el turno de Aloe Blacc, uno de los nombres más esperados de la presente edición de Cruïlla. Fiel a su boina, con un estilazo y presencia envidiables, el estadounidense se metió al público en el bolsillo con sus bailes y sus arengas, mientras iba desgranando un generoso repertorio donde tuvieron espacio desde sus orígenes como artista a la denuncia social (en referencia al abuso de poder policial (Soldier in the City) pasando, obviamente, por sus temas más famosos. I Need Dollar fue el primero en salir, poco después de arrancar el show. Una canción que se alargó mientras variaba estilos, contando con la colaboración de una platea entregada que no dejó de cantar el estribillo. Ya en la recta final se generaba el primer apoteosis (The Man, precedido de una brevísima alusión a Elton John) con el que se emprendía la directa hacia Wake Me Up, una fiesta que debó acabar ahí.

    Mrs. Lauryn Hill, Cruïlla 2015
    Foto: Meritxell Rosell
    No lo hizo, puesto que en el escenario Estrella tocaba el turno de Mrs. Lauryn Hill. ¿Artista? que se presentó con más de media hora sobre el escenario sin decir ni mu, sentada y protegiéndose del abucheo con una guitarra. Afónica, quejica, enfadada y desganada, así se las gastó la exFugee, que ni siquiera fue capaz de entonar correctamente el Killing Me Softly que todos esperábamos para redimirla. La estocada definitiva la asestaron sus versiones de Bob Marley, artista del que ya habíamos oído casi todo su repertorio enlatado (vía DJ) mientras esperábamos la salida de Hill al escenario, y del que luego seguiríamos escuchando en forma Damian Marley, quien mejoró la noche con su entrega, su profesionalidad... y su hijo, que se plantó en el escenario y sin miedo alguno puso al descubierto sus incipientes dotes para la música. Por lo demás, concierto más que digno, pero carente de enganche para quienes no comulguen demasiado con su estilo a medio camino del reggae, el rap y Skrillex (por su colaboración en Make it bun dem lo digo). Claro que esos estaban en Archive, que a la misma hora ofrecían su tour de force en el escenario Time Out, para deleite de sus feligreses.

    Y por fin llegó el momento más cruïlloso del fin de semana, en forma de capítulo doble. Por fin se subieron al escenario unos artistas que entienden perfectamente lo que el petardeo general de un festival como este requiere: Franz Ferdinand y Sparks, dos grupos que no podían estar más distantes el uno del otro, se han fusionado y de ahí ha salido un disco (homónimo) francamente divertido, fresco desde su perspectiva revisionista, glammy, poppy, arty, disco, y de agradecidísimo sonido en directo. Ambos grupos se combinan a la perfección sobre el escenario, y así, aunque la mayoría de los asistentes no conozcan sus canciones conjuntas, las acaban disfrutando. Ocurrió con Johnny Delusional, con Call Girl o con Piss Off, glorioso final que llegó precedido de una de las pocas concesiones que se hicieron a los fans de los FF originales: Take Me Out. Antes habían sonado Do You Want To, Walk Away y Michael. Poco más, pero tanto daba: la suya fue una fiesta redonda, desfasada, descacharrante... desde luego, uno de los momentos más álgidos del festival, al que sucedió inmediatamente después un show igualmente versado en el divertimento: Caravan Palace sacudió a propios y extraños con sus ritmos bailables, desafiando las altas horas a las que arrancaba su concierto.

    FFS, Cruïlla 2015
    Foto: Meritxell Rosell

    Día 3: Cierre con pedigrí para maquillar el resultado


    Quedaba aún la tarde del domingo, ya más tranquilita. El divertido grupo de Terrassa Sense Sal (ganador del concurso de versiones llevado a cabo por redes sociales, y por tanto, valedores de un concierto en el escenario Lounge) cedía su paso a un entregado Asaf Avidan que, cargado de histrionismos, llenó el escenario Estrella con su peculiar estilo, no apto para todos los gustos, pero indudablemente valioso. El israelí se cree un Dios, pero es únicamente un artista; ahora bien, como tal, es capaz de agarrar uno de sus temas más conocidos (Conspiratory Visions of Gomorrah) y reconvertirlo para la ocasión, arriesgándose a descolocar a sus seguidores. Fue un toque de calidad final que vino como agua de mayo para paliar las agridulces sensaciones que nos llevábamos de un Cruïlla ’15 muy por debajo de lo esperado.

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