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    lunes, julio 04, 2016

    Vida Festival - Masia d'en Cabanyes. Vilanova i la Geltrú, 1 y 2/7/16

    Tras las dos jornadas principales de la tercera edición del Vida Festival, podemos afirmar sin género de dudas que la apuesta por un cartel compensado, de nombres contundentes tanto del panorama nacional como del internacional, más un entorno excelentemente cuidado diseñado pensando en el público asistente, es la fórmula magistral que asegura el éxito de un festival. 

    La coincidencia entre ambos factores no es tan habitual, ni al parecer tan lógica, como podría parecer. Sin embargo, propuestas como la del Vida demuestran que otro tipo de festival es posible, y que el respeto al público es recompensado con una respuesta que va creciendo edición tras edición, consolidándolo entre el panorama veraniego. Más allá de una apuesta de ocio vacacional “alternativo” y de bajo coste, nos encontramos con un evento cultural en el que no existen vaguedades ni simples metáforas para cubrir el expediente, ni un cartel de grandes reclamos saturado de nombres de relleno repetidos hasta la saciedad. 

    No es necesaria la gran maquinaria mediática, ni las luces de neón, cuando se cree firmemente en un concepto de festival respetuoso con la música (que, al fin y al cabo, es la gran protagonista) y abonado a ofrecer un producto de calidad.

    Tras la jornada de apertura, el viernes comenzábamos con Villagers. Los irlandeses, liderados por Conor O´Brien, vienen precedidos por una corta carrera pero con el añadido del Mercury Prize por su álbum de debut, “Becoming a Jackal”. 

    Tras grabar este año un delicado disco de versiones acústicas de sus temas en RAK Studios (“Where Have You Been All my Life”), la oportunidad de escuchar sus temas en eléctrico era muy esperada, y no pierden un ápice de esa sensibilidad sobre el escenario. Temas como “The Pact - I´ll be your Fever” y, sobre todo, “Hot Scary Summer” o “The Waves” conjugan toda la solidez de una banda aun joven que juega entre delicadas atmósferas folk de consumo para todos los públicos y que ganaría enteros si recrudeciera mínimamente su sonido.

    Manel son en la actualidad un gran reclamo para el público; tras pasar por citas tan opuestas como Primavera Sound y Festival de les Arts, quizá es el festival de mediano formato el que más se ajusta a su propuesta amable y desprovista de artificios. Aun sin entender el reclamo de los catalanes en el directo, pues carecen de pegada y no reflejan la calidad de sus discos, el éxito de convocatoria está siendo de tal envergadura que igualan en respuesta a muchos supuestos cabezas de cartel. Semejante falta de intensidad fue compensada con creces por los barceloneses Za! en el escenario La Cova. El dúo formado por Pau Rodríguez y Eduard Pou maneja el directo como una carrera de caballos desbocados llena de ruidismo, en una especie de batidora sónica en la que cabe todo lo imaginable y en la que la música se licúa taladrando cualquier neurona que se deje caer por los alrededores. 

    De un extremo a otro, el escenario La Masía (supuestamente el segundo en el escalafón, aunque acogiera los conciertos a priori más atrayentes) presentaba a Unknown Mortal Orchestra. Su mezcla de estilos, sobresaliendo en esa hornada de grupos de pop-rock más o menos bailable gracias a la exacta dosificación de psicodelia, garage, R&B e incluso funk, produjo una de las propuestas más interesantes del viernes. Temas como “Multi-Love” (del excelente disco del mismo nombre) o “From the Sun” dan una idea de los extremos por los que se mueve la banda de Ruban Nielson. 

    El escenario Estrella Damm acogía a Wilco, los más esperados de la noche; Jeff Tweedy, John Stirrat, Pat Sansone, Nels Cline, Glenn Kotche y Mikael Jorgensen forman uno de los colectivos musicales más compactos de la actualidad, y aunque la aparición por sorpresa de “Star Wars” no está ni mucho menos a la altura de su carrera, poseen un repertorio difícil de igualar. 

    Demostración inapelable de ello fue la colección de temas que hicieron que aquello se convirtiera en un concierto memorable para los miles de seguidores acérrimos de la banda que allí se reunían. Pocas sorpresas y ningún salto en el guión (cayó, como no, “Impossible Germany” y el orgásmico solo de Nels Cline) pero solidez brutal y una calidad a la que pocos pueden aspirar. Por citar algunos, un Jeff Tweedy radiante y en plena forma (flanqueado en todo momento, como no, por John Stirrat) desgranó temas como “Handshake Drugs”, “Jesus, etc.”, “Via Chicago”, “Kamera” o una increíble “Spiders (Kidsmoke)”. Y, aunque reconocemos ser en este aspecto totalmente subjetivos, probablemente tuvimos la ocasión de ver una de las mejores bandas de los últimos 20 años. 

    Tras pasarnos por la tralla de Triángulo de Amor Bizarro, con su contundencia habitual, y unos Bengala que se encargaron de dejar el panorama zaragozano en su punto álgido (versión de El Niño Gusano incluida) en La Cabaña, Delorean cerraban el Estrella Damm presentando “Muzik”, su último trabajo. Aunque personalmente me quedé en el ep “Ayrton Senna” y en “Subiza”, los vascos han afilado una propuesta que escora a la electrónica más elegante y sinuosa. 

    El sábado fue sin duda la mejor jornada del festival, con un cartel tremendamente atractivo y ecléctico, comenzando por la presencia de Niño de Elche en La Masía. Romper barreras en cualquiera de los palos de la música popular y afrontarlos a un público poco acostumbrado a priori a esos sonidos suele ser acicate para el éxito de crítica y el consecuente moderneo ávido de consumir nuevos sonidos. 

    La propuesta del Niño de Elche no puede dejar indiferente a nadie, incluso a los nada asiduos al flamenco, por sus letras vitriólicas, la conjugación de ritmos y estilos en principio inmiscibles y su carisma indiscutible. “Porción del Enemigo”, de Enrique Falcón en mano, declamando en una performance sin artificios pero que deja al público clavado mientras una llave inglesa rasguea las cuerdas de una guitarra. Aplausos clavados cuando salta la política a escena (“Informe para Costa Rica”, “El Comunista”), la cruel ironía hacia la sociedad en la que vivimos e incluso la apología ecolálica de la enfermedad mental hicieron de este concierto la propuesta más sorprendente del festival. Para el año que viene, apuesto por un revival de Martirio.


    Antes, en el Vaixell, el singular escenario situado en El Bosque y que en muchas ocasiones se quedaba pequeño, Nacho Umbert y Raul Refree presentaron de nuevo las canciones que conforman las historias de vida de “Familia”. No es la primera vez que escribo sobre las excelencias del catalán y la gran obra que ha firmado, que le convierte en una de las figuras sobresalientes del panorama nacional. Solo decir que escuchar el álbum de familia de Umbert, acompañado de un Refree más comedido de lo habitual a la guitarra en un entorno como este solo puede definirse como una experiencia mágica. 

    Basia Bulat se subía a la misma barca para presentar su último disco, “Good Advice”, y Balthazar demostraron en La Masía que, más allá del apreciable “Rats”, en directo les sobran buenas intenciones y quemar cartuchos demasiado pronto. Aún pudimos disfrutar unos minutos de Doble Pletina (será en otra ocasión, con más calma) para dirigir nuestros pasos de nuevo al escenario grande y a The Divine Comedy

    El ahora proyecto unipersonal de Neil Hannon destiló elegancia british sobre el escenario, pajarita incluida, desgranando algún tema de su inminente nuevo disco, “Foreverland”, y el esperado revival de su repertorio más clásico. 

    Las hechuras de crooner vienen a la medida del irlandés, destilando pop barroco con exquisitos arreglos como en “Generation Sex”, “Funny Peculiar” o ese intermezzo-homenaje a “Crazy Little Thing Called Love”, mandolina en mano. Sin embargo, y a pesar de lo preciosista del concierto, se hacía difícil conectar para los no iniciados, en búsqueda de emociones más intensas que llegarían algo más tarde. 

    A continuación Nada Surf darían uno de los conciertos más sólidos del festival, con una formación vintage en la que faltaba Doug Gillard, su nuevo guitarrista (perdido entre vuelos y conexiones) y en el que repasaron un repertorio que hizo las delicias del público. 

    Con un Dani Lorca conectado con el respetable nacional, y Matthew Caws como frontman indispensable, clásicos como “Popular”, “Always Love” o “See these Bones” junto a temas de su apreciable último trabajo tales como “Friend Hospital” o “Cold to See Clear”, marcaron un concierto sobresaliente, como es habitual, con la contundencia y todo el power pop de marcadas guitarras que se gastan los neoyorkinos. Una apuesta segura, siempre. 

    La sombra de “K” y de los 90 es alargada todavía, y para demostrarlo no hay más que recordar a Kula Shaker sobre el escenario principal de Vida Festival. El enésimo retorno de la banda de Crispian Mills, incluido nuevo trabajo y gira europea, refuerza, a pesar de que la edad a veces no perdone, el retorno progresivo de la neopsicodelia al panorama rock actual. 

    Nada que objetar a un concierto correcto en el que no podían faltar “Hush” o “Hey Dude” y que a más de uno nos llevó a un retorno momentáneo a la adolescencia. 

    Aún tuvimos tiempo de sumergirnos en la marabunta para sufrir algún que otro pogo desmedido con la que liaron Perro en La Cabaña, que se quedaba pequeña para la explosión de los murcianos. A pesar de las incontables ocasiones en las que los hemos visto en directo, es inevitable pensar que a cada concierto crecen un poco más, en esa escala gozosa de punk, hardcore y math rock hispano que les está haciendo llegar a un público en principio sorprendente. Sobre pogos y además estrecheces, en La Cova con un Joe Crepúsculo al que el escenario se le quedaba pequeño ante un público que huía de electrónicas foráneas para sumergirse en el tecno pop de melodías fáciles del barcelonés. 

    Y para terminar, !!! (o lo que es lo mismo, Chk Chk Chk) despertaron al público que aun seguía en pie (excepto a aquellos que dormían por los rincones del festival, pero eso ya es otra historia) a base de una locura frenética sobre el escenario que Nic Offer maneja con una hiperactividad ciertamente contagiosa. 

    Las miradas se fijan inevitablemente en su discurrir de estrella disco, acompañado por una Shannon Funches de voz esplendorosa y unos careos entre ambos a lo B-52´s tan vertiginosos que no dan tiempo material para digerir la explosión de dance y funk de alta tensión que se vive sobre el escenario. 

    Un punto final para el festival con el que los que aguantaron hasta el final (presumimos que el público familiar, con una apreciable oferta, haría mucho rato que se había retirado a entornos más tranquilos) dieron el broche álgido a un cita que el año que viene contará con la presencia de Real Estate y La Casa Azul como anticipo de un cartel que se presume continuará con el alto nivel de la edición de este año.

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